La Plaza de Mayo y sus inmediaciones se transformaron en un mar de banderas, fotografías y consignas cuando miles de ciudadanos coparon el centro porteño para conmemorar el 50° aniversario del inicio del período más sangriento de la historia argentina, que comenzó el 24 de marzo de 1976 con el golpe de Estado impulsado por las Fuerzas Armadas. A falta de dos horas para el acto central, ya quedaba poco espacio en la plaza, y por la Avenida de Mayo, así como por las diagonales Norte y Sur, columnas multitudinarias comenzaban a decir “presente” en una manifestación que, con el correr de las horas, desbordó todas las previsiones y se convirtió en una de las más masivas desde el regreso de la democracia, en una jornada que excedió el repudio a la dictadura y se transformó en un mensaje político directo contra la administración de Javier Milei. La masividad de la convocatoria sorprendió incluso a los organizadores, que estimaban que la cifra de participantes superaba la de mayo de 2017, cuando cerca de medio millón de personas se volcaron a las calles para repudiar el fallo de la Corte Suprema que beneficiaba a los militares presos. Esta vez, la plaza se volvió por momentos irrespirable, colmada por una marea humana que desbordó todas las diagonales y llegaba hasta la avenida 9 de Julio.
El ambiente en la histórica plaza fue una síntesis de dolor, recuerdo y resistencia. De todas las banderas, una en particular, larga, azul y resistente al paso de los años, con las caras de los desaparecidos impresas, servía de columna a la marcha, generando a su paso dos efectos casi en simultáneo: primero, un silencio estremecedor cuando asomaba en cada cuadra, y luego, un aplauso o cientos de voces que entonaban “como a los nazis les va a pasar, a donde vayan los iremos a buscar”. La escena se repetía con las fotos que tantos familiares y amigos se colgaban del cuello, imágenes detenidas en el tiempo que recordaban que, según el informe Nunca más, el 60% de los desaparecidos tenían entre 21 y 30 años al momento de su secuestro. Entre la multitud, Valentina, de 7 años, llevaba la foto de un tío abuelo estampado en la remera y esperaba atenta a que pasara la imagen de otro desaparecido para preguntar “¿ése quién es?”. También Pedro, de 12 años, mostraba orgulloso su pancarta con un pañuelo blanco pintado y la palabra “Memoria”. Familias enteras, grupos de amigos y escuelas se hicieron presentes, como contó Clara, de 43 años, quien llegó con su hijo Vicente de 9 y un grupo de compañeros de la escuela de Caballito: “Los chicos pidieron venir. Estuvieron hablando de la dictadura en la escuela y a varios les pareció importante venir. Una amiguita de mi hijo dijo ‘hay que marchar porque las Abuelas ya son muy viejitas'”.
El reclamo volvió a poner en el centro las cifras del terrorismo de Estado: 30 mil desaparecidos, el robo sistemático de bebés y más de 500 nietos apropiados, de los cuales apenas 140 recuperaron su identidad. Pero el tono de la movilización evidenció que el eje ya no era solo memoria histórica, sino también una reacción frente a lo que amplios sectores interpretan como un intento de relativizar esos crímenes. En ese contexto, durante la lectura del documento en el acto central, los organismos de Derechos Humanos reclamaron: “El Estado debe garantizar la restitución de los nietos apropiados”. En el texto, advirtieron: “Hoy hay un gobierno que no sólo es negacionista, sino que reivindica el terrorismo de Estado y el genocidio. Por eso desmantela las políticas de Memoria, Verdad y Justicia y desfinancia los espacios de memoria que funcionan en los lugares donde hubo centros clandestinos”. La titular de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto, precisó desde el escenario: “Desde la asunción del gobierno de Milei no ha pasado otra cosa que la reducción de las políticas públicas para garantizar éste y todos los derechos del pueblo. El Banco Nacional de Datos Genéticos ha visto intervenida su estructura y la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad reducido a la mitad su planta de trabajadores”. Además, sumaron un reclamo por la situación de la ex presidenta: “La prisión y proscripción de Cristina Fernández de Kirchner, ex presidenta de la Nación, en un proceso denunciado por absolutas irregularidades, durante el cual se atentó contra su vida, merece nuestra preocupación y repudio. ¡Libertad a Cristina Fernández!”.
La impactante masividad de la movilización dejó en una posición incómoda al gobierno de Milei, que volvió a publicar un video para ofrecer su versión sobre la “Memoria Completa” de lo que pasó en los 70, esta vez un interminable pastiche de 73 minutos que buscaba polarizar con el kirchnerismo y se contradecía en varios tramos. Mientras el oficialismo difundía un mensaje que retomaba la idea de que el golpe fue necesario para terminar con la guerrilla, en la calle se consolidaba una narrativa completamente opuesta. El contraste fue brutal y la desorientación del gobierno fue tal que Milei, quien en reiteradas ocasiones atacó al ex presidente Raúl Alfonsín, terminó reivindicándolo en otro intento por polarizar. “El coraje es hacer lo correcto cuando aún la mayoría esté en contra. En la materia en cuestión, Alfonsín se ha destacado mucho más”, dijo en un giro forzado.
La movilización también tuvo un fuerte respaldo político opositor. Además de la presencia de figuras como Axel Kicillof y Sergio Massa, dirigentes del peronismo se volcaron masivamente a las calles. La columna más grande fue la de La Cámpora, que se concentró en Libertador frente a la sede de la ex ESMA, que el kirchnerismo convirtió en un Museo por la Memoria. Desde allí, marcharon hasta San José 1111 bajo la consigna “los genocidas presos, Cristina libre”. La ex presidenta, desde el balcón de su departamento en el que permanece presa, saludó a la columna que desbordó esa zona del barrio de Constitución. La marcha también sirvió de marco para concretar un gesto político potente hacia la interna del peronismo cuando Cristian Jerónimo, uno de los líderes de la CGT, se acercó a la ex ESMA y se fundió en un abrazo con Máximo Kirchner.
Pero la masividad no se limitó a Buenos Aires. En las principales ciudades del país se repitió la escena, con multitudes marchando por las calles para condenar a la última dictadura. En Córdoba, la marcha fue la más grande de los últimos tiempos, con columnas de organismos de derechos humanos, sindicatos y partidos políticos que se fueron sumando a lo largo del recorrido, culminando frente a los Tribunales Federales con un “Memoria Fest” donde bombos, platillos y el canto repetido de “Nunca Más” acompañaron el incesante paso de la gente. En Rosario, el Parque Nacional a la Bandera estuvo colmado y los organismos de derechos humanos estimaban más de 150 mil personas, con columnas de sindicatos y movimientos sociales avanzando separadas por miles de asistentes sueltos: familias, jóvenes y chicos que le dieron a la marcha un carácter masivo y transversal. En Mar del Plata, la columna cubrió el ancho de la Avenida Luro y toda su extensión céntrica, con una pancarta que rezaba “Los 50 no son cuento”, mientras en Mendoza cientos de ciudadanos salieron a las calles bajo consignas como “Hacer memoria, organizar la rabia” y “Prohibido olvidar”, recorriendo el microcentro hasta la Casa de Gobierno. Escenas similares se replicaron en Tucumán, donde instalaron un cajón fúnebre de cartón que velaban a los jubilados de la era Milei, y en Misiones, Posadas, Paraná y Santa Cruz, donde los actos incluyeron la lectura de documentos consensuados que reivindicaban la lucha histórica por los derechos humanos y denunciaban la continuidad de políticas de exclusión.
En tiempos donde parece reinar el sálvese quien pueda individual y la tensión en torno a la memoria se ve atravesada por la grieta política, los multitudinarios actos por los 50 años del último golpe de Estado volvieron a exhibir el mayoritario consenso social sobre que el Nunca Más no tiene marcha atrás. Las encuestas previas a este nuevo aniversario ya anticipaban este acuerdo básico, pero la magnitud de las movilizaciones en Buenos Aires y en gran parte de las ciudades del país elevó el alcance del respaldo. El final de la manifestación por los 50 años del Golpe fue con las banderas en alto, las físicas y las simbólicas, aquellas que volverán a la calle el año que viene con la misma pregunta de siempre: ¿dónde están los desaparecidos? y la que seguirá exigiendo que se abran los archivos, que el Estado responda las preguntas que hoy todavía son una incógnita, y que el terror no se repita nunca más.