En medio de una fractura interna ya institucionalizada, el presidente Javier Milei partió hacia el Foro Económico Mundial de Davos dejando una clara señal política en la Casa Rosada. Aunque constitucionalmente la vicepresidenta Victoria Villarruel queda a cargo del Poder Ejecutivo durante sus ausencias, la conducción efectiva fue delegada en el jefe de Gabinete, Manuel Adorni, un hombre de extrema confianza del círculo íntimo presidencial. Esta decisión, que implicó que Adorni no integrara la comitiva a Suiza, subraya el profundo deterioro del vínculo con la titular del Senado, a quien el oficialismo mantiene sistemáticamente alejada de cualquier esfera de influencia real.
La relación, que según los análisis lleva tiempo en un punto de no retorno, se encuentra completamente clausurada políticamente. Villarruel ha sido vaciada de poder de manera quirúrgica: primero perdió el control político del Senado y ahora su rol se reduce a funciones administrativas y protocolar. El episodio que reactivó públicamente la tensión ocurrió la semana pasada, cuando la vicepresidenta realizó una visita a las zonas de Chubut afectadas por los incendios forestales. En el Gobierno, donde ya se había anticipado que Milei no viajaría a la región, la movida fue leída como una provocación y una jugada de posicionamiento personal. “Busca cualquier manera para sumarse un poroto político”, indicaron en Balcarce 50 según la cobertura de los hechos, al tiempo que se filtraron versiones sobre un supuesto pedido de helicóptero por parte de Villarruel, algo que su entorno negó. La reacción oficial fue casi automática y reveladora. Desde las usinas del mileísmo se buscó marcar un límite, recordándole a la vicepresidenta su falta de margen de maniobra. El subsecretario de Prensa, Javier Lanari, escribió en X:
Todas las herramientas que dispone el Estado están destinadas exclusivamente a combatir el fuego. No están al servicio de la "alta política". Parece mentira. Pero hay quienes todavía no lo entienden...
— Javier Lanari (@javierlanari) January 12, 2026
Este reflejo defensivo, sin embargo, terminó por devolverle una centralidad en la agenda que Villarruel, según admiten incluso dentro del Gobierno, ya no posee en términos de poder concreto. Su capacidad de incidencia en decisiones, alianzas o la gobernabilidad es nula, en un escenario diametralmente opuesto al de otras vicepresidencias en el pasado.
La estrategia de concentrar el control en Adorni durante el viaje a Davos también se explica por el contexto legislativo inmediato. El oficialismo se prepara para las sesiones extraordinarias del Congreso de febrero, donde buscará aprobar la reforma laboral, la modificación a la Ley de Glaciares y el acuerdo comercial entre el Mercosur y la Unión Europea. En este marco, figuras como Patricia Bullrich, Diego Santilli y Martín Menem, junto con el propio jefe de Gabinete, están abocados a la negociación parlamentaria, un terreno del que Villarruel ha sido desplazada. La vicepresidenta no condiciona votos, no articula alianzas y su figura no incide en el funcionamiento del Ejecutivo.
Expertos en comunicación política señalan que la insistencia del Gobierno en confrontarla públicamente responde más a una lógica de reafirmación identitaria que a una necesidad real de control. Villarruel funciona como un antagonista interno útil: permite consolidar el liderazgo absoluto de Milei, blindar la centralidad operativa de su hermana Karina y ejemplificar que en La Libertad Avanza no hay espacio para proyectos personales que no se subordinen al vértice. Su persistencia en la escena, aunque sea como una figura simbólica que encarna una derecha de gestualidad institucional y federal, parece generar una incomodidad que el poder necesita administrar, incluso cuando la interna está, en los hechos, agotada. Paradójicamente, el principal activo político de la vicepresidenta hoy no reside en lo que hace, sino en lo que el Gobierno decide hacer cada vez que ella reaparece.