La interna de La Libertad Avanza ha definido con claridad sus jerarquías y límites, delineando un mapa de poder de cara a las elecciones de 2027 donde la lealtad incondicional se impone sobre la trayectoria política tradicional. En el corazón de este esquema, Karina Milei, secretaria general de la Presidencia y arquitecta del armado libertario, ha establecido su preferencia por Manuel Adorni como candidato a jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, marcando al mismo tiempo un techo infranqueable para las aspiraciones de Patricia Bullrich en el distrito. Esta decisión, tejida a través de vetos silenciosos y movimientos estratégicos, expone las reglas de un juego interno donde la autonomía es percibida como una amenaza y la subordinación, como la principal virtud. El mensaje, según admiten en los despachos oficiales, ha sido nítido: quien gobierne la Ciudad deberá responder exclusivamente a las directivas de Balcarce 50.
La consolidación de este diseño de poder no fue un acto espontáneo, sino el resultado de una sucesión de gestos correctivos. Karina Milei motorizó la salida de Bullrich del gabinete nacional cuando La Libertad Avanza la eligió candidata al Senado, un primer paso para ubicarla en un espacio de relativo control. Una vez en la Cámara Alta, cualquier movimiento autónomo de la exministra de Seguridad fue observado con recelo, incluyendo reuniones a solas con el presidente Javier Milei. La respuesta llegó con firmeza: el veto a la designación de Gerardo Milman, un hombre de confianza de Bullrich, para un cargo clave de enlace con las provincias. Este golpe, filtrado como una decisión de la vicepresidenta Victoria Villarruel por el propio entorno de la senadora para evitar una confrontación directa, dejó en evidencia el poder de veto de la hermana presidencial. Anteriormente, Karina ya había desautorizado a Bullrich en el manejo del presupuesto del Senado, ignorando los acuerdos que la senadora había pactado con otros bloques para una addenda que aumentara las partidas.
Frente a este cerco, Patricia Bullrich ha optado por una estrategia de supervivencia que combina la cautela táctica con una búsqueda desesperada de relevancia política. Consciente del riesgo de despertar “la ira de la hermana de Milei”, ha evitado la confrontación directa y hasta ha pedido autorización para sus actividades territoriales, como una reciente visita a Mar del Plata. Sin embargo, su principal carta de salvación parece ser la reforma laboral que el oficialismo impulsa para febrero. En los corredores del Senado se reconoce que Bullrich apuesta todas sus fichas a liderar las negociaciones parlamentarias y asegurar la aprobación de este proyecto clave, con la esperanza de canjear un triunfo legislativo contundente por un lugar en la mesa de decisiones estratégicas para 2027. Es un intento por demostrar que su capacidad de lobby y gestión sigue siendo indispensable para la gobernabilidad, en un contexto donde su capital político dentro del espacio libertario se erosiona día a día.
La preferencia de Karina Milei por Manuel Adorni no es caprichosa, sino que responde a una lógica de construcción de poder basada en el control absoluto. Adorni, el vocero reconvertido en jefe de gabinete, triunfó en las legislativas de mayo pasado con el 30% de los votos, arrebatándole al PRO la hegemonía en la Ciudad y consolidándose como la gran sorpresa electoral del oficialismo. Su principal virtud, desde la óptica del núcleo duro, no es su experiencia de gestión —de hecho, escasa— sino su lealtad inquebrantable. Una fuente del entorno gubernamental lo definió como “el dedal perfecto para el índice de Karina”, sintetizando la esencia de un modelo de dirigente sin historia política previa ni compromisos con otros espacios, totalmente subordinado a la voluntad de la secretaria general. Este mismo criterio se extiende a otros frentes: en la provincia de Buenos Aires, Karina prefiere a Sebastián Pareja por encima de Diego Santilli, y para una eventual fórmula nacional, consideraría a Martín Menem antes que a una figura de perfil propio como Bullrich.
El trasfondo de esta pulseada es la profunda desconfianza que genera en el círculo íntimo de los Milei la extensa y voluble trayectoria política de Patricia Bullrich. Su prontuario, que incluye un paso por la Juventud Peronista, el menemismo, la Alianza, su propio partido, la Coalición Cívica y finalmente el PRO antes de aterrizar en el libertarismo, es visto como un síntoma de un pragmatismo carente de lealtades duraderas. “Si hay alguien que estuvo con todos y traicionó hasta al expresidente Macri, esa es Patricia”, sintetizan en el gobierno. Este historial, que para Bullrich es un activo de experiencia, para Karina Milei es una amenaza potencial a la unidad de un proyecto que se concibe a sí mismo como un movimiento disruptivo y monolítico. Por eso, el futuro de la senadora parece encadenado al éxito o fracaso de la reforma laboral. Mientras ella intenta reposicionarse polarizando contra el gobernador Axel Kicillof en la provincia de Buenos Aires, el cerco interno se ajusta. La tregua tácita que hoy mantiene podría llegar a su fin en marzo, cuando el resultado de la votación legislativa y el cierre de los avales partidarios definan si Bullrich logra reconvertir su rol de negociadora en un nuevo capital político, o si su confinamiento dentro de La Libertad Avanza se vuelve definitivo.